La dependencia a los celulares ha cambiado nuestro cerebro 

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 La primera llamada con un teléfono se hizo hace 50 años. Desde entonces, estos dispositivos se han convertido en una herramienta esencial que ayuda a facilitar la vida de los seres humanos. 

Recientemente “BBC News Mundo” publicó un artículo donde resalta la importancia que tienen los teléfonos celulares en la vida cotidiana y  también cómo han cambiado nuestro cerebro. 

Ellos indican, que en un informe reciente se encontró que los adultos en Estados Unidos revisan sus celulares 334 veces al día en promedio, una vez cada cuatro minutos, y pasan casi tres horas al día en sus dispositivos, según cita el artículo. 

El problema para muchos es, que una tarea breve relacionada con el teléfono los conduce a una revisión rápida del correo electrónico o redes sociales, y de repente quedan inmersos en un interminable scrolling (deslizar verticalmente en una pantalla táctil para ver contenido).  

Es un círculo vicioso, mientras más útiles se vuelven los teléfonos, más los usamos, y cuanto más los usamos se crean más vías neuronales que nos conducen a levantar los celulares para hacer cualquier tarea, y se siente más necesidad de revisarlos incluso cuando no se requiere.

Dejando de lado las preocupaciones sobre aspectos específicos de un mundo hiperconectado con las redes sociales y sus filtros de belleza más fotorrealistas, ¿Qué le está haciendo a nuestro cerebro la dependencia de estos dispositivos? 

Lo que sí se sabe es que la simple distracción de revisar un teléfono puede tener consecuencias negativas. Esto no es muy sorprendente, en general, sabemos que hacer muchas cosas a la vez, perjudica la memoria y el rendimiento. 

Uno de los ejemplos más peligrosos es usar el celular mientras se conduce. El artículo resalta que un estudio encontró, que simplemente hablar por teléfono, sin enviar mensaje de texto, era suficiente para que los conductores reaccionaran más lentamente en la carretera. 

También es cierto que para las tareas cotidianas que implican menos riesgos, simplemente escuchar un “ding” de una notificación hizo que los participantes de un estudio se desempeñaran tan mal en una tarea, como los participantes que hablaban o enviaban mensajes de texto por teléfono durante la tarea.    

La mera proximidad de un teléfono, al parecer, contribuye a “drenar” nuestros cerebros, que pueden estar subconscientemente trabajando duro para inhibir el deseo de revisar estos dispositivos o monitorear constantemente el entorno para ver si hemos recibido una notificación. 

De cualquier manera, esta atención desviada puede hacer que cualquier otra cosa sea más difícil. La única “solución”, que encontraron los investigadores, es colocar el dispositivo en una habitación completamente diferente. 

Sin embargo, los investigadores descubrieron recientemente que también podría haber algunas ventajas en la dependencia de nuestros celulares. 

Por ejemplo, comúnmente se cree que depender de los teléfonos atrofia la capacidad de recordar, pero puede que  no sea tan simple.        

En otro estudio, a unos voluntarios se les mostró una pantalla con círculos numerados que tenían que arrastrar de un lado hacia el otro. Cuanto más alto era el número del círculo, más se le pagaría al voluntario por moverlo hacia el lado correcto. 

Durante la mitad de las pruebas, a los participantes se les permitió anotar en la pantalla qué círculos debían ir en qué dirección. Para la otra mitad tenían que confiar solo en su memoria. 

Previsiblemente, acceder a recordatorios digitales contribuyó al desempeño de los participantes. Lo inesperado es que cuando usaron los recordatorios, no sólo recordaron mejor los círculos (de alto valor) que los participantes anotaron, sino también los círculos (de bajo valor) que no habían escrito.

Los investigadores creen que, habiendo confiado la información más importante (de alto valor) a un dispositivo, las memorias de los participantes se liberaron para almacenar la información de bajo valor.

Sin embargo, cuando ya no tenían acceso a los recordatorios, los recuerdos que habían creado sobre los círculos de bajo valor persistían, pero no podían recordar los de mayor valor.

Pasarán años de investigación antes de que sepamos exactamente qué impacto tiene nuestra dependencia del celular en nuestra fuerza de voluntad y cognición a largo plazo.

Mientras tanto, hay otra forma en la que podemos tratar de mitigar sus efectos nocivos. Y tiene que ver con la manera en que pensamos acerca de nuestros cerebros.

El escritor científico David Robson, dijo en su libro "El efecto de la expectativa", investigaciones recientes cuestionan la premisa de que si ejercitamos nuestra fuerza de voluntad de una manera (por ejemplo, resistiéndonos a mirar nuestro teléfono), "agotamos" nuestras reservas generales y nos dificulta concentrarnos en otras tareas.

Esto puede ser cierto. Pero Robson asegura que depende en gran medida de nuestras creencias.

Las personas que piensan que sus cerebros tienen recursos "limitados" (por ejemplo, que resistir una tentación dificulta resistir la siguiente) tienen más probabilidades de obtener ese resultado en las pruebas.

Sin embargo, aquellos que piensan que su cerebro tiene recursos ilimitados, y que cuanto más resistimos a la tentación más fortalecemos la capacidad de seguir resistiendo a la tentación, concluyen que desarrollar fatiga mental al ejercer autocontrol en una tarea no afecta negativamente su desempeño en la siguiente.

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