Por Carlos D’Urso
Para entender de dónde provienen los Oscars y sobre qué base están construidos, es necesario remontarse a 1929, cuando se celebró la primera gala de premiación. Aquel evento fue una cena privada con invitados exclusivos, organizada por ejecutivos de la industria como una estrategia para limpiar la imagen de Hollywood en medio de escándalos internos y, al mismo tiempo, distraer al personal de organizarse para exigir mejores derechos laborales dentro de las producciones cinematográficas.
Lo que comenzó como una maniobra estratégica terminó consolidándose con el tiempo en la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, cuyo premio —antes llamado Academy Award of Merit— se transformó en el símbolo máximo de reconocimiento dentro de la industria.
La pregunta entonces es inevitable: ¿por qué siguen importando?
Un premio creado por y para Hollywood
Si Hollywood organiza y financia sus propios premios, resulta lógico que celebre principalmente las películas que produce. Aunque en ocasiones mire hacia el cine internacional —especialmente en los últimos años— esa apertura ha sido más la excepción que la regla.
Los Oscars responden a una lógica interna: proyectar el cine que la propia industria considera representativo de su excelencia. Reclamar que se “creen dueños del cine” resulta, en cierta medida, un argumento sin sentido. Fueron creados precisamente para eso.
Sabemos que el cine no les pertenece. También sabemos que no necesariamente hacen “el mejor cine” del mundo. Pero sí premian lo que consideran mejor dentro de su propio sistema, y tienen el derecho de hacerlo.
Talento, lobby y maquinaria
Sin embargo, sería ingenuo ignorar la poderosa maquinaria que opera detrás de cada nominación. Campañas millonarias, estrategias publicitarias y lobby forman parte del proceso para captar la atención de los votantes de la Academia.
¿Se premia solo el talento?
No exclusivamente.
Se premia el talento, pero también la capacidad de promoción, el posicionamiento y la influencia dentro de la industria. Eso no significa que haya personas sin talento nominadas o premiadas; el nivel artístico suele ser alto. Pero la competencia no siempre es equitativa cuando intervienen campañas tan agresivas.
Además, definir qué es “mejor” en el arte es, en sí mismo, un debate abierto y profundamente subjetivo. Cada votante ejerce su criterio desde una mirada personal. Nunca habrá consenso absoluto. Por eso muchos dicen que los premios no les importan… aunque en el fondo sí lo hagan.
La necesidad de representación
En los últimos años, la Academia se ha visto presionada a abrirse más al cine internacional y a diversificar su membresía. No es casualidad: mantener relevancia global exige adaptarse a nuevas audiencias.
Muchos países continúan enviando sus películas año tras año con la esperanza de ser nominados. No lo harían si el reconocimiento no tuviera peso. Para cinematografías grandes o pequeñas, una nominación al Oscar representa proyección internacional, visibilidad y oportunidades de mercado.
También importa a la prensa especializada, que cubre la temporada de premios como un fenómeno económico y cultural. Importa a los artistas, que encuentran en la campaña una plataforma de promoción personal. Importa a la industria, que mueve millones alrededor del evento.
Esa estructura —mediana pero sólida— sostenida por una de las industrias más multimillonarias del mundo, explica por qué los Oscars continúan vigentes en el siglo XXI.
Una audiencia distinta
Es cierto que la audiencia televisiva ha disminuido. Los nuevos formatos de consumo y el cambio generacional han convertido la ceremonia en un espectáculo que muchos consideran anticuado. Aunque se han hecho esfuerzos por modernizarla, no alcanzan el impacto masivo que tuvo en décadas anteriores.
Hoy los Oscars parecen dirigidos a un público más específico, y la Academia lo sabe. Tal vez por eso los cambios no son radicales. Y eso, para algunos, está bien.
Entonces, ¿por qué importan?
Podemos despreciarlos por su origen estratégico y su naturaleza comercial. Podemos decidir valorar las películas más allá del contexto competitivo. O podemos disfrutar simplemente del espectáculo.
Pero la realidad es que los Oscars otorgan prestigio.
La discusión no es únicamente sobre cine —sea comercial o de autor— sino sobre reconocimiento. La manera en que una nominación transforma carreras, la forma en que se celebra en redes sociales o se agradece en discursos públicos, demuestra que el deseo de validación sigue siendo poderoso.
Aunque se diga lo contrario, importa ser reconocido. Importa ver el reconocimiento reflejado en otros. Y esa etiqueta de prestigio —celebrada por quienes la reciben y frustrante en silencio para quienes no— es la razón principal por la que los Oscars siguen teniendo relevancia.
No determinan qué película es trascendente más allá del premio. Pero sí construyen narrativa, estatus y memoria cultural.
Y mientras eso ocurra, seguirán importando.



